Nº 7 / Cómo me hice planta (Postales de María)

Brazos verdes 5

El tener que visitar otras ciudades un par de veces al mes permite, entre otras cosas, y al cabo de cierto tiempo, hacer algunas constataciones. Por ejemplo, que más o menos en el centro de la ciudad (o un poco al lado) siempre hay un parque.

¿Quién lo puso ahí? ¿Y para qué? No está claro. Se necesitan hipótesis.

Afortunadamente, yo tengo una: sentada en este banco tranquilo, entre soberbios cedros y más humildes aligustres, resulta obvio que la función de un parque como este es servir de marco para que la comunidad vegetal, desde una ignorada brizna de hierba hasta el más recio gigantón arbóreo, pueda hacer adecuada ostentación de la obvia superioridad que se deriva de su perfecta impasibilidad.

Porque no parece que tenga muchas preocupaciones una planta y, en particular, no se ve a ninguna especialmente agobiada por tener que decidir lo que va a hacer después (para empezar, ¿después de qué?), que es justo la que me pasa a mí en este momento: ¿Me levanto o no me levanto de este banco? ¿Vuelvo al hotel o, mejor, me voy a la China? ¿Me quedo conmigo misma o me convierto en otra? ¿Hago algo o no hago nada?

Ante esta penosa situación, y aprovechando el ejemplo de lo que estoy viendo a mi alrededor, lo que voy a hacer va a ser aplicar a mi manera esa radical parsimonia vegetal para, primero, estirar los brazos y dejar que me salgan hojas en ellos, segundo, quedarme aquí sentada viviendo de la generosa indiferencia del Sol, tercero, crecer hasta ser justo un poco más alta que este cedro que tengo al lado y, cuarto, entonces sí, volver al hotel.

Nº6 / Para lo que de verdad sirve un móvil (Estudios de Pérez).

Pulse aquí 4

La encuesta se realizó entre usuarios de móvil (con conexión de datos) mayores de 20 años, solicitando que identificaran su principal uso entre seis posibilidades, de las que las tres más seleccionadas fueron (1) la comunicación social, (2) la obtención de información y (3) el entretenimiento. En una segunda fase, y con el fin de obtener un mayor detalle en los usos declarados, se realizó un trabajo no sistemático de identificación visual de los usos reales del móvil, del que se derivaron los siguientes datos:

  1. En el contexto de la comunicación social, la principal utilidad aportada por el móvil parece estar vinculada con el hecho de que la recepción de cualquier tipo de mensaje (en cualquier tipo de medio) parece ser interpretado por el usuario como una manifestación de interés, aprecio y, en general, dedicación hacia su persona.
  2. Como corolario de lo anterior, las frecuencias elevadas de recepción de mensajes (en ocasiones, socializadas mediante avisos sonoros) o, en otro ámbito, el número de seguidores en redes sociales, tienden a ser apreciadas por los usuarios como un índice de “estatus emocional” al que su titular resulta extremadamente sensible.
  3. Teniendo en cuenta la preeminencia de la comunicación social, el uso del móvil para la búsqueda de información y el entretenimiento, tendrían un carácter derivado y se corresponderían más bien con procesos de espera entre los sucesivos momentos de interacción social (recepción y envío de mensajes en cualquier formato).

Por otro lado, y como resultado no previsto de la metodología de seguimiento visual utilizada en la segunda fase de la encuesta, se constató que, si bien al 100% de los usuarios de móvil (en un contexto de transporte público, donde se realizó la investigación) les molesta que les curioseen por encima del hombro para ver lo que están haciendo, no obstante, solo excepcionalmente se dan cuenta de este hecho (en realidad, ni de este hecho ni de cualquier otro hecho que tenga lugar a su alrededor).

De esa apreciación se podría deducir una segunda línea de utilidad aportada por el uso del móvil (especialmente interesante precisamente por el hecho de que no ha sido declarada por los usuarios) que se concretaría en un afán por saber lo que pasa en cualquier sitio que no sea justo en el que se está, hacia el cual, por el contrario, se manifiesta un desinterés extremo, e incluso cierta fobia.

Las posibilidades de aprovechamiento empresarial de estas tendencias son obvias (sobre todo teniendo en cuenta su indudable morbosidad), pero su puesta en práctica se ve seriamente condicionada actualmente por la posición de dominio de los grandes operadores emocionales ya instalados (al margen de que aparezcan en el mercado como operadores tecnológicos o de comunicaciones) y que, ciertamente, ya parecen ofrecer en buenas condiciones (gratuidad aparente) los servicios de “sentirse querido” y “no estar aquí”.

Nº5 / Desde un (inaceptable) mundo morado (Postales de María).

Mundo morado

Se puede aceptar (si no queda otro remedio) que lo que tenemos delante no precisa explicación (o, dicho de otra manera, que aún sería peor tener que explicar que no hubiese nada delante).

Y aceptado eso (que quede claro, porque sí), hay que aceptar también que, habiendo tantas formas de estar ahí y tantos sitios en los que estar, entonces todo vale y todo debe ser aceptado, cualquier cosa, especialmente las que consiguen esa especie de credibilidad que otorga el hecho de, simplemente, estar ahí.

De acuerdo, aceptado queda, aunque al final de la tarde, bajo una lluvia tan menuda como densa, con un muro de piedra por asiento y la mirada perdida entre los abedules y retamas que invaden las viejas fincas olvidadas al fondo de un valle al que ya nadie va, en medio de un océano de brezos en flor que suben por las lomas hasta tocar el cielo, entonces sí, no queda otro remedio que negarse a aceptar la posibilidad de que pueda existir algo tan ridículamente exacto como justo todo eso, las minúsculas e infinitas flores de brezo y la lluvia empeñada en avivar el color de cada una de ellas con la inútil escrupulosidad de un loco decidido a pintar el mundo de morado, que quede claro, porque sí.

Nº4 / La vida en cajitas (Sermones de Óscar).

La natural tendenSusana 5cia del ser humano a ponerle una etiqueta a todo lo que tiene alrededor es loable, pero insuficiente. Lo intentamos, insistimos, perseveramos, pero hay demasiadas cosas a las que etiquetar. Y cambian, se solapan, con frecuencia son confusas… Así no hay forma. Cuando nos enfrentamos a nuestro mundo, una de cada dos cosas que lo componen se nos escurre entre los dedos antes de conseguir clavarle el alfiler con la etiqueta correspondiente (“esto es obvio”, “eso era deseable”, “aquello será inalcanzable”). Y, con la otra mitad, siempre queda la duda de si le pusimos la etiqueta que le correspondía (¿era“indiferencia”o“miedo”?, ¿era ”resentimiento” o “lucidez”?). Decididamente, se precisan medidas más radicales: no basta con etiquetar, se vuelve imperioso empaquetar, guardarlo todo en cajitas, cada cosa en su hueco correspondiente, fijado para siempre y disponible para cuando lo necesitemos. Indudablemente, no será fácil, habrá cosas que se resistan a entrar en su cajita, desleales ellas, pero al final seguro que lo conseguimos y, entonces sí, por fin podremos saber de una vez qué es todo eso que está ahí fuera.

Nº3 / Las ventajas de cualquier otro sitio (Estudios de Pérez).

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“Cerca de un tercio de los entrevistados (31%) expresan interés en conocer nuevas tendencias residenciales, especialmente las relacionadas con entornos rurales o de baja densidad urbana. Este interés se relaciona en un 68% de los casos (21% del total de la muestra) con una valoración negativa de los elementos (de ocio, laborales y familiares) aportados por las grandes aglomeraciones urbanas. Sin embargo, la práctica totalidad de los entrevistados tuvieron dificultades para concretar ventajas de los ambientes no urbanos que fueran más allá de los tópicos previsibles (tranquilidad, salud, contacto con la naturaleza…). De acuerdo con ello, podría plantearse la viabilidad de una línea de negocio dirigida a ofrecer a este importante sector poblacional los argumentos que le faltan para explicarse a sí mismos por qué no quieren estar donde están (preferiblemente, sin que se note: por ejemplo, en formato novela)”.

Nº2 / Buscando el sitio del suelo (Sermones de Óscar).

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Se da por sentado con demasiada facilidad que el sitio correcto para el suelo es justo debajo de nuestros pies. Una ingenuidad, qué duda cabe. Y una convención, también. ¿Por qué no cambiarla? Por otra convención, claro. Sí, es cierto, no hay muchas opciones: arriba, al lado o en ángulo. Hay que pensarlo un poco. Trasladar el suelo justo arriba podría tener una simetría excesiva y se correría el riesgo de dejar las cosas casi igual. Y ponerlo inclinado exigiría seleccionar un ángulo entre los infinitos posibles, lo que no dejaría ser algo arbitrario. Siendo así, lo mejor es colocar el suelo verticalmente. Y no es difícil: bastará con ser capaz de imaginarse que caminamos por una pared. Fácil: basta un poco de práctica para conseguirlo, quién lo duda. Y la ganancia es obvia: seguimos siendo convencionales pero un poco menos ingenuos, porque cuando se deja atrás una convención la sustituta siempre es menos sólida que su antecesora y es menos probable que sea duradera. Siendo así, ya habría que ir pensando adónde vamos a mover el suelo cuando nos cansemos de caminar por la pared. Y, claro, ya de paso, quizás habría que pensar si no habrá otras cosas que también podría convenir cambiar de lugar. Quizás el cielo.

Nº1 / La ciudad líquida (Postales de María).

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En esta ocasión, la ciudad visitada y objeto de esta crónica también era una kilométrica aglomeración de arcilla cocida, hierro y diversos materiales desconocidos, pero en lugar de acabar, como habitualmente, por el cómodo sistema de ir desapareciendo poco a poco por sus bordes, optó por delimitar con un corte limpio uno de sus límites, para lo que escogió el ingenioso método de colocar, en el lugar requerido, una superficie, aparentemente de cierto grosor, de material inequívocamente líquido, probablemente agua (atendiendo a los costes).

Pues bien, la presencia de la citada superficie líquida, como parte estructural de una de esas aglomeraciones, condiciona de forma relevante las posibilidades vitales de sus ocupantes. Así:

  • Una. No pueden salir corriendo en cualquier dirección, sino que, en el momento del contacto con la superficie líquida descrita, tienen que escoger entre comenzar a nadar o buscar una barca u otro artefacto funcionalmente equivalente.
  • Dos. Tienen a su disposición la posibilidad de aumentar la frecuencia e intensidad de sus estados bucólicos mediante el recurso de dar paseos por el borde de la señalada masa líquida, preferentemente en el momento del amanecer y el crepúsculo (por no hablar del desconcierto que pueden provocar los extraños reflejos coloreados que aparecen algunas noches).
  • Tres. Pueden reflexionar sobre las causas físicas e históricas que dieron lugar a la diferente consistencia entre la materia líquida repetidamente citada y la de tipo más bien sólido que, normalmente, tienen debajo de sus pies.

Por lo demás, la gente parece tan aburrida como en el resto de lugares visitados en el transcurso de esta no planificada investigación.