Nº 21 / No hay que fiarse de las mesas (Sermones de Óscar)

Una mesa. Una sólida mesa. Nada como un buen tópico para aclarar las cosas. Y aun mejor si se le añade un segundo tópico: el color rojo. Ahí está, una mesa roja. Bien mirado, no es un color frecuente en las mesas, pero es lo que ahora conviene para poder tener las cosas claras.Mesa, sillas y parasol

Porque todo el mundo, menos algún despistado, hace tiempo que está de acuerdo en que el color rojo no existe fuera de nuestra mente. Eso ya lo dijeron los primeros pensadores modernos, allá por el siglo diecisiete, si no antes, que se inventaron aquello de las propiedades primarias y las secundarias, como bien explicaban en secundaria (¿o era en primaria?).

 “El color rojo es una propiedad secundaria, que crea nuestra mente, mientras que la forma, el volumen, el peso y otras de ese género son primarias, y su existencia no depende de la percepción del sujeto que las percibe”.

O algo así decían. Lo malo está en que, lamentablemente, las propiedades primarias, cuando se rasca un poco en ellas, tienden a volverse más bien secundarias y, claro, ¿qué clase de cosa es una cosa que solo tiene propiedades secundarias? ¿Dónde va la solidez de la mesa? De hecho, ¿dónde va la mesa?

En fin, que conviene no fiarse de las mesas y pensárselo un poco antes de dejar algún objeto encima de ellas. Y, generalizando, lo mismo habría que decir de las sillas, especialmente si su uso lleva a poner en duda las propiedades primarias de que está encima.

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