Nº16 / Contra la felicidad de los mirlos (Sermones de Óscar).

mirlo-felizTal y como yo lo veo, los animales y plantas no deberían quejarse. Todo lo contrario, me quejo yo. Quiero decir, nosotros.

Se puede decir que hasta hace bien poco no quedaba otro remedio que aguantar con esta situación de desidia y desorganización, pero ya no hay excusa. No nos podemos quedar con los brazos cruzados. Que la Creación haya cumplido su finalidad, en lo esencial, con nosotros, no excluye que se le pueda echar una mano para rematar aquellas cosas que, indudablemente, le quedaron un poco torcidas, por decirlo así. Precisamente es nuestra condición de seres privilegiados, que por su mera presencia justifican al resto de lo existente, la que nos obliga moralmente a hacerlo.

Digámoslo de una vez. La mayoría de los animales y plantas no sirven para nada por lo que, dejando de lado sentimentalismos trasnochados, deben tomarse medidas radicales. Basta con pensarlo un poco. ¿Quién aceptaría tener su casa con las paredes cubiertas de musgo y la bañera llena de insectos nadadores? Nadie. Pues ni dentro ni fuera. Es poco ético aceptar fuera de nuestras casas lo que no queremos dentro de ellas. Así que hay que hacer algo. Este planeta no tiene espacio suficiente para poder compartirlo con seres que no sirven para nada o, dicho de otro modo, que ya está bien de que los mirlos nos roben las cerezas y encima se nos rían en la cara.

Por supuesto, se podrían hacer excepciones puntuales. Parece razonable guardar algunos animales y plantas de los inútiles. Más que nada, por si acaso, que nunca se sabe. Pero sin pasarse, porque guardar una muestra de cada tipo sería cosa de coleccionista paranoico.

Por otra parte, hay que contar con que los amantes de animales y plantas pongan el grito en el cielo, como se suele decir. No hay problema. Que se queden con algunos para su uso privado. Pero también sin pasarse, que a ver qué va a ser. Hablamos de canarios y geranios, no de ballenas y selvas ecuatoriales.

En resumen, que se enteren los mirlos de una vez: las cerezas son nuestras y no vamos a compartirlas. No es nada personal, pero es lo que tiene ser los Reyes de la Creación (porque si encima nos quedamos sin cerezas, ya para qué…).

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